“Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.”
Hay días en los que nuestro corazón necesita detenerse. La vida corre demasiado rápido, las responsabilidades se acumulan y fácilmente comenzamos a concentrarnos en aquello que nos falta, en los problemas que debemos resolver o en las preocupaciones que todavía no tienen respuesta. En medio de ese ruido, David pronuncia una invitación que también puede convertirse en una oración para nosotros: “Bendice, alma mía, a Jehová”. No está hablando solamente a quienes lo rodean; está hablando consigo mismo. Le está recordando a su propia alma que tiene razones para alabar a Dios.
Qué hermoso es descubrir que la alabanza también puede ser una decisión. No siempre despertamos con ánimo, ni todos los días llegan acompañados de buenas noticias. Hay momentos en que el corazón está cansado y las fuerzas parecen disminuir. Sin embargo, aun entonces podemos detenernos y recordar quién es Dios. La alabanza no significa ignorar nuestras dificultades, sino colocar nuestros ojos por encima de ellas para contemplar al Señor.
David dice: “Bendice, alma mía”. Es como si estuviera llamando a todo su ser a despertar y recordar la bondad de Dios. Porque podemos cantar con nuestros labios mientras nuestra mente está distraída, pero Dios desea una adoración que nazca desde lo más profundo del corazón. No se trata solamente de pronunciar palabras bonitas, sino de reconocer sinceramente quién es Él y cuánto ha hecho por nosotros.
Quizás hoy necesites hacer lo mismo. Habla con tu alma. Recuérdale que Dios ha sido bueno. Recuérdale las veces que abrió una puerta, las veces que sostuvo tu familia, las ocasiones en que respondió una oración y también aquellas en las que te dio fuerzas para atravesar situaciones que parecían imposibles. Hay bendiciones que hemos olvidado simplemente porque nos acostumbramos a ellas. Respirar, despertar, tener una nueva oportunidad, compartir con nuestros seres queridos, poder orar y acercarnos a la Palabra de Dios son regalos que merecen nuestra gratitud.
El salmista continúa diciendo: “y bendiga todo mi ser su santo nombre”. No quiere reservar una pequeña parte de su vida para Dios; quiere que todo su ser participe de la adoración. Sus pensamientos, sus palabras, sus decisiones, sus acciones y sus sentimientos deben reconocer la santidad del Señor.
Esta enseñanza es profundamente hermosa. Nuestra adoración no termina cuando dejamos de cantar. También adoramos cuando perdonamos, cuando ayudamos a alguien, cuando hablamos con verdad, cuando actuamos con misericordia, cuando rechazamos aquello que puede alejarnos de Dios y cuando elegimos confiar en Él aun sin comprender completamente lo que está sucediendo.
El nombre de Dios es santo, y recordar su santidad nos ayuda a colocar nuestra vida en la perspectiva correcta. Él merece nuestra reverencia, pero también nuestro amor. Es el Dios poderoso que creó los cielos y la tierra, y al mismo tiempo es el Padre que escucha nuestra oración y conoce nuestras necesidades. Su grandeza no lo hace distante; Su amor lo acerca a nosotros.
Los versículos siguientes del Salmo 103 nos invitan a recordar sus beneficios: su perdón, su misericordia, su cuidado y su compasión. Por eso el primer versículo funciona como una puerta que nos conduce hacia una hermosa reflexión: cuando recordamos lo que Dios ha hecho, nuestra alma encuentra nuevos motivos para agradecer.
A veces nuestro corazón se acostumbra a pedir y olvida agradecer. Pedimos por la salud, por el trabajo, por la familia, por nuestras necesidades y por tantas situaciones de la vida. Y está bien presentar nuestras peticiones delante del Señor. Pero también necesitamos detenernos para decir: “Gracias, Padre”. La gratitud cambia nuestra perspectiva. Nos ayuda a reconocer que, aun en medio de aquello que todavía esperamos, ya hemos recibido innumerables muestras de su amor.
Hoy, antes de comenzar tus actividades, haz una pausa. No pienses primero en lo que falta. Piensa en lo que Dios ya te ha dado. Mira tu vida con ojos agradecidos. Quizás descubras que hay muchas razones para alabar que habías pasado por alto.
Y si estás atravesando un momento difícil, no pienses que agradecer significa negar tu dolor. Puedes llorar y al mismo tiempo confiar. Puedes estar preocupado y aun así alabar. Puedes no comprender lo que está ocurriendo y, sin embargo, seguir creyendo que Dios es bueno. La fe no consiste en fingir que todo está bien; consiste en saber que, aun cuando no todo está bien, Dios sigue estando presente.
Que hoy tu alma escuche nuevamente esta invitación: “Bendice, alma mía, a Jehová”. Que tus pensamientos recuerden Su fidelidad, que tus labios hablen de Su bondad y que tus acciones reflejen Su amor. Que todo tu ser encuentre en Dios la razón más profunda para vivir con esperanza.
Porque cuando el corazón aprende a mirar al Señor con gratitud, incluso los días comunes comienzan a llenarse de significado. Cada amanecer puede convertirse en una nueva oportunidad para alabar. Cada dificultad puede ser una ocasión para confiar. Cada bendición puede convertirse en un motivo de agradecimiento.
Oración: Amado Padre, hoy quiero decirle a mi alma que te bendiga y que nunca olvide tu bondad. Gracias por tu amor, por tu misericordia, por tu cuidado y por cada bendición que has puesto en mi camino. Ayúdame a no concentrarme únicamente en aquello que me falta, sino a reconocer todo lo que ya he recibido de tus manos. Que todo mi ser honre tu santo nombre y que mi vida sea una expresión constante de gratitud, amor y adoración. En el nombre de Jesús. Amén.♦
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