«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra»— Salmos 73:25
Hay momentos en los que el corazón se llena de deseos. Queremos que ciertas cosas sucedan, que algunas personas permanezcan, que nuestros planes salgan bien y que el futuro tenga la forma que imaginamos. Y aunque muchas de esas cosas pueden ser buenas, este versículo nos lleva a una verdad más profunda: ninguna de ellas puede ocupar el lugar que le corresponde solamente a Dios.
Asaf, quien escribió este salmo, no habla desde una vida perfectamente tranquila. A lo largo del salmo expresa sus dudas, sus luchas y la confusión que sintió al observar que algunas personas que vivían lejos de Dios parecían prosperar. Su corazón llegó a tambalearse. Sin embargo, al entrar en la presencia de Dios, comenzó a mirar las cosas de otra manera.
Entonces pronuncia estas palabras: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?». Es como si después de mirar todo lo que podía ofrecerle la vida, hubiera llegado a la conclusión de que nada podía compararse con la presencia del Señor.
Esto no significa que debamos dejar de valorar a nuestra familia, nuestros amigos, nuestros sueños o las oportunidades que Dios permite que tengamos. Significa que debemos aprender a disfrutarlos sin convertirlos en nuestra fuente principal de seguridad. Porque aquello que ponemos en el centro de nuestro corazón puede terminar gobernándonos.
Hay cosas que hoy parecen indispensables y mañana pueden cambiar. Las circunstancias cambian, las personas cambian, los planes cambian y hasta nuestros propios sentimientos cambian. Pero Dios permanece. Por eso, cuando todo alrededor parece incierto, nuestra esperanza no tiene que desaparecer.
Tal vez hoy exista algo que deseas profundamente. Quizá estás esperando una respuesta, una oportunidad o el cumplimiento de algo por lo que has orado. Puedes presentárselo a Dios con confianza, pero también puedes decirle: «Señor, deseo esto, pero te deseo más a ti».
Esa oración transforma el corazón. Ya no buscamos a Dios solamente por lo que puede darnos, sino porque Él mismo es nuestro mayor tesoro.
Una mirada que permanece
Aprende a revisar dónde estás colocando tu esperanza. Cuando algo bueno llegue, agradécelo; cuando algo se vaya, entrégalo; y cuando algo tarde en llegar, espera sin abandonar tu confianza.
No permitas que una cosa que deseas se convierta en la condición para sentirte bien con Dios. Él no deja de ser bueno porque una respuesta se demore. Tampoco deja de estar presente cuando atraviesas una temporada difícil.
Haz de la presencia de Dios un lugar al que regreses cada día. Habla con Él con sinceridad, lee su Palabra con atención y aprende a guardar momentos de silencio para recordar quién está contigo. Cuando el corazón aprende a descansar en Dios, las demás cosas empiezan a ocupar su lugar correcto.
Y si algún día tienes mucho, agradece. Si tienes poco, sigue confiando. Si recibes lo que esperabas, reconoce la bondad de Dios; y si el camino toma otra dirección, recuerda que tu mayor posesión no es aquello que tienes en las manos, sino Aquel que sostiene tu vida.♥
Oración
Señor, enséñame a buscarte por encima de todo lo que este mundo puede ofrecer. Ayúdame a disfrutar tus bendiciones sin convertirlas en mi seguridad. Cuando mis deseos sean grandes, que mi confianza en ti sea aún mayor. Sé tú el centro de mi corazón y mi verdadero tesoro. Amén.
♥ si te sirve, comparte!
SALMOS 1:1 | SALMOS 1:2 | SALMOS 1:3 | SALMOS 1:4 |










