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domingo, 6 de septiembre de 2026

Cuando nadie te ve

 Mateo 6:6

“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.”

Ora

Jesús nos lleva aquí a un lugar donde no hay aplausos, espectadores ni necesidad de demostrar nada. Habla de ese espacio íntimo donde solamente estamos nosotros y Dios.

En los días de Jesús, algunas personas buscaban ser reconocidas por sus prácticas religiosas. Querían que otros vieran lo que hacían para recibir admiración. Pero Jesús enseña que la oración no fue diseñada para impresionar a las personas, sino para encontrarnos con nuestro Padre celestial.

Por eso dice: “entra en tu aposento, y cerrada la puerta”. No significa que toda oración deba hacerse literalmente a solas ni que la oración pública sea incorrecta. Jesús está enseñando el valor de una relación sincera con Dios, una relación que no depende de quién esté mirando.

Hay cosas que solamente pueden crecer en secreto. Una semilla desarrolla sus raíces debajo de la tierra antes de que alguien pueda contemplar sus frutos. De la misma manera, nuestra vida espiritual necesita raíces que nadie ve.

Quizás durante el día muchas personas conocen una parte de ti, pero Dios conoce tu corazón completo. Él conoce tus preocupaciones, tus preguntas, tus temores y también aquellas cosas que todavía no sabes cómo expresar.

En la oración no necesitas utilizar palabras complicadas. Puedes hablar con Dios con sinceridad. Puedes agradecerle, pedirle dirección, reconocer tus errores y contarle aquello que llevas dentro.

La importancia de lo secreto

Vivimos rodeados de cosas que buscan nuestra atención. Muchas veces queremos mostrar lo que hacemos, recibir aprobación o saber qué piensan los demás. Pero Jesús nos recuerda que existe una vida que tiene un valor enorme aunque nadie la vea.

La oración secreta es una manera de decir: “Dios, tu mirada me importa más que la mirada de los demás.”

Cuando aprendemos a buscar a Dios en privado, nuestra fe deja de depender de la aprobación externa. Ya no oramos para parecer espirituales; oramos porque necesitamos a nuestro Padre.

Y esa relación íntima termina transformando nuestra manera de vivir públicamente.

Busca a Dios

Busca un momento tranquilo cada día para estar con Dios. No necesitas comenzar con una hora completa. Puedes empezar con unos minutos de verdadera atención.

Apaga por un momento las distracciones, deja el teléfono a un lado y habla con Dios con tus propias palabras. Cuéntale cómo fue tu día. Dale gracias por algo concreto. Pídele sabiduría para una decisión. Entrégale aquello que te preocupa.

También aprende a escuchar. La oración no consiste solamente en hablar y pedir. Lee la Palabra de Dios y permite que sus enseñanzas orienten tus pensamientos.

Y recuerda algo importante: no midas tu vida de oración por lo que otros pueden ver. Una oración sencilla hecha con un corazón sincero puede tener más valor que muchas palabras pronunciadas para recibir reconocimiento.

Cuida ese lugar secreto. Allí se fortalecen las raíces de una vida que después dará fruto.

Oración

Padre, enséñame a buscarte cuando nadie me está mirando. Ayúdame a encontrar en la oración un lugar de confianza, descanso y dirección. Que mi relación contigo sea sincera y no dependa de la aprobación de los demás. Fortalece mi corazón mientras aprendo a caminar contigo cada día. Amén.♥


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sábado, 5 de septiembre de 2026

La fuerza de la mansedumbre

 Mateo 5:5

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.”

En un mundo donde muchas veces se admira al que habla más fuerte, al que impone su voluntad o al que busca tener siempre la última palabra, Jesús presenta una enseñanza diferente: “Bienaventurados los mansos”.


La mansedumbre no significa debilidad, cobardía ni falta de carácter. Una persona mansa puede tener convicciones firmes y, al mismo tiempo, saber tratar a los demás con respeto. Es tener fuerza, pero aprender a gobernarla.

La mansedumbre se demuestra especialmente cuando somos provocados. Es fácil responder con enojo cuando alguien nos trata mal, devolver una palabra hiriente o querer demostrar que tenemos razón. Lo difícil es detenernos, pensar y escoger una respuesta que no aumente el conflicto.

Jesús nos enseña que la verdadera fortaleza no consiste en dominar a los demás, sino en dominar nuestro propio corazón.

La mansedumbre también requiere confianza en Dios. Cuando alguien nos ofende, podemos sentir que necesitamos defendernos inmediatamente o hacer justicia por nuestras propias manos. Pero aprender a confiar en Dios nos permite responder con sabiduría, sin dejar que el enojo gobierne nuestras decisiones.

Una herencia diferente

Jesús dice que los mansos “recibirán la tierra por heredad”. Es una promesa que apunta al reino de Dios y a la esperanza de quienes viven bajo su gobierno.

El Señor nos recuerda que no necesitamos conquistar nuestro lugar mediante orgullo, violencia o arrogancia. Dios sabe recompensar a quienes confían en Él.

La mansedumbre puede parecer pequeña ante los ojos del mundo, pero tiene un gran valor delante de Dios. Es como el agua que, sin hacer ruido, encuentra su camino y termina transformando aquello que toca.

Cuando estés enojado, no respondas inmediatamente. Date un momento para pensar. Pregúntate si tus palabras van a solucionar el problema o solamente van a herir a alguien.

Aprende también a escuchar. No siempre tienes que ganar una discusión. A veces, guardar silencio es más sabio que tener la última palabra.

Ser manso tampoco significa permitir que otros te hagan daño. Puedes poner límites, pedir ayuda y defender lo correcto sin responder con odio o crueldad.

Cuida especialmente tus palabras. Una respuesta tranquila puede apagar un conflicto que una respuesta impulsiva habría convertido en algo mucho mayor.

Y recuerda: ser manso no es dejar de ser fuerte; es permitir que Dios enseñe a tu fuerza por dónde caminar.

Oración

Señor, enséñame a ser manso de corazón. Ayúdame a controlar mis palabras cuando esté enojado y a responder con sabiduría cuando sea provocado. Dame firmeza para hacer lo correcto y humildad para tratar a los demás con amor y respeto. Que mi carácter refleje cada día más el corazón de Cristo. Amén.♥



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viernes, 21 de marzo de 2025

Guardando nuestros pensamientos en Cristo

📖 "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad." (Filipenses 4:8, RVR60).

Nuestros pensamientos moldean nuestras emociones, nuestras decisiones y, en última instancia, nuestra vida. Lo que permitimos que habite en nuestra mente influirá en nuestra relación con Dios y en nuestra manera de vivir. Filipenses 4:8 nos da una guía clara de en qué debemos pensar, llamándonos a una disciplina mental que nos acerque más a Cristo.


El Poder de nuestros pensamientos

La Biblia nos enseña que nuestros pensamientos tienen un impacto directo en nuestra vida. Proverbios 23:7 dice:

📖 "Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él."

Lo que pensamos repetidamente se convierte en parte de nuestro ser. Si llenamos nuestra mente de dudas, temores y pensamientos negativos, nuestra vida reflejará esas mismas cosas. Pero si nos enfocamos en la verdad de Dios, en su amor y en su propósito, experimentaremos paz y dirección en nuestra vida.

Jesús mismo nos enseñó que lo que sale de nuestro corazón es lo que realmente nos contamina (Mateo 15:18-19). Por eso, es vital cuidar lo que permitimos que entre en nuestra mente y lo que dejamos que habite en nuestros pensamientos.

Pensando conforme a la voluntad de Dios

Pablo nos da un filtro divino para nuestros pensamientos en Filipenses 4:8. Nos dice que pensemos en lo que es:

  • Verdadero: Todo lo que proviene de Dios y está basado en su Palabra.
  • Honesto: Pensamientos íntegros, sin engaño ni hipocresía.
  • Justo: Aquello que es recto delante de Dios y los hombres.
  • Puro: Pensamientos limpios, sin contaminación de pecado.
  • Amable: Pensar en lo que edifica y trae paz.
  • De buen nombre: Aquello que glorifica a Dios y es digno de respeto.

Este versículo nos llama a evaluar nuestros pensamientos y alinearlos con lo que Dios desea para nosotros.

Guardando nuestra mente en Cristo

Para mantenernos enfocados en Cristo, debemos tomar control de nuestros pensamientos. 2 Corintios 10:5 nos dice:

📖 "Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo."

Esto significa que no debemos permitir que pensamientos de temor, ansiedad, duda o pecado dominen nuestra mente. En lugar de eso, debemos someter cada pensamiento a Cristo y reemplazar lo negativo con la verdad de su Palabra.

Una manera práctica de hacerlo es meditar en las Escrituras y llenar nuestra mente con la verdad de Dios. Salmo 1:2 nos dice que el que medita en la ley del Señor día y noche será como árbol plantado junto a corrientes de aguas.

El Resultado: Paz en Nuestros Corazones

Cuando guardamos nuestra mente y nos enfocamos en las cosas de Dios, experimentamos su paz. Filipenses 4:7 nos da una promesa:

📖 "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús."

Esta paz no depende de nuestras circunstancias, sino de en quién estamos confiando.

♥ Conclusión ♥ 

Nuestros pensamientos son una puerta a nuestro corazón y a nuestra vida espiritual. Filipenses 4:8 nos enseña a pensar de manera que honremos a Dios y experimentemos su paz. Guardemos nuestra mente de lo que contamina y enfoquémonos en Cristo, quien nos da pensamientos de vida, esperanza y verdad.

🙏 Oración: Señor, ayúdame a llenar mi mente con pensamientos que te honren. Líbrame de todo pensamiento que me aleje de Ti y ayúdame a enfocarme en tu verdad. Que mi mente sea un lugar donde habites y me guíes en todo momento. Amén. 


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martes, 25 de febrero de 2025

Hay honra en perdonar

Es más honroso perdonar la ofensa

El poder del perdón en la vida cristiana

En Proverbios 19:11 encontramos una enseñanza profunda sobre el carácter de una persona sabia y madura en la fe:

"La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa."

Este versículo nos invita a reflexionar sobre el poder del perdón y la importancia de dominar nuestras emociones en momentos de conflicto. En un mundo donde la venganza y el orgullo parecen ser la norma, Dios nos llama a un camino más elevado: el camino de la gracia y la misericordia.

La Sabiduría de dominar el enfado

El primer aspecto que destaca este pasaje es que “la cordura del hombre detiene su furor”. Esto significa que una persona verdaderamente sabia no reacciona impulsivamente ante la ofensa, sino que aprende a controlarse. La Biblia nos exhorta repetidamente a ser “tardos para la ira” (Santiago 1:19) porque la ira desenfrenada solo conduce al pecado y a la destrucción de relaciones.

Jesús mismo nos dio el mayor ejemplo de dominio propio cuando, en lugar de responder con enojo a quienes le insultaban y maltrataban, guardó silencio y oró por sus agresores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Como seguidores de Cristo, estamos llamados a reflejar su carácter en nuestra manera de reaccionar ante el mal. No significa que ignoramos el daño o la injusticia, sino que elegimos responder con amor en lugar de odio.

La Honra de Pasar por Alto la Ofensa

La segunda parte del versículo dice: “su honra es pasar por alto la ofensa”. En la sociedad actual, muchas veces se considera un signo de debilidad dejar pasar una ofensa sin responder. Sin embargo, la Biblia nos dice que perdonar es un acto de honor y no de debilidad.

Jesús nos enseñó en Mateo 5:39: “No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”. Esto no significa permitir abusos ni injusticias, sino responder con una actitud de gracia y humildad, dejando la justicia en manos de Dios.

El rey David es un gran ejemplo de esta enseñanza. Aunque tuvo múltiples oportunidades de vengarse de Saúl, quien lo perseguía injustamente, David eligió perdonar y dejar el juicio en manos de Dios (1 Samuel 24:10-12). Esto demuestra que el verdadero honor no está en la venganza, sino en confiar en el Señor.

El Perdón: Un mandato divino y una bendición para el alma

Dios nos manda a perdonar no solo por el bien de los demás, sino también por nuestro propio bienestar espiritual. Cuando guardamos rencor, nuestro corazón se llena de amargura y nos alejamos de la paz que Dios quiere darnos.

Efesios 4:31-32 nos exhorta:

"Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo."

Dios nos ha perdonado inmensurablemente a través de Cristo. Siendo aún pecadores, Él nos extendió su gracia sin condiciones (Romanos 5:8). ¿Cómo entonces no hemos de perdonar a quienes nos han ofendido?

Cuando perdonamos, liberamos nuestra alma de la carga del resentimiento y permitimos que la paz de Dios gobierne nuestros corazones.

¿Cómo aprender a perdonar?

  1. Recordando cuánto nos ha perdonado Dios

    • Reflexiona en la misericordia que Dios ha tenido contigo. Si Él nos ha perdonado tanto, nosotros también debemos perdonar (Mateo 18:21-35).
  2. Orando por quienes nos han ofendido

    • Jesús nos enseñó a “orar por los que nos ultrajan y nos persiguen” (Mateo 5:44). La oración transforma nuestro corazón y nos ayuda a ver a los demás con los ojos de Cristo.
  3. Eligiendo soltar el rencor cada día

    • El perdón no siempre es un sentimiento inmediato, sino una decisión diaria de confiar en Dios y renunciar a la venganza.
  4. Buscando la reconciliación cuando sea posible

    • Romanos 12:18 nos anima: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. A veces, el perdón también requiere restaurar relaciones con amor y sabiduría.

♥ Conclusión ♥

Perdonar no nos hace débiles, sino valientes. Dominar nuestra ira y elegir el camino del amor nos acerca más al carácter de Cristo y nos permite experimentar la paz de Dios en nuestras vidas.

Que podamos vivir conforme a Proverbios 19:11, entendiendo que hay mayor honra en perdonar que en aferrarnos a la ofensa. Que el Espíritu Santo nos ayude a reflejar el amor y la misericordia del Padre, y que en cada situación podamos decir: “Señor, como Tú me has perdonado, yo también perdono”.

Amén. 🙏✨


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No retener el perdón.



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lunes, 10 de febrero de 2025

No hagas nada por vanagloria

Un llamado a la humildad y al servicio sincero

En Filipenses 2:3, el apóstol Pablo nos da una instrucción clara y profunda: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”. Este versículo nos invita a examinar nuestras intenciones y a vivir una vida marcada por la humildad, el servicio y el amor genuino hacia los demás.

La vanagloria es la búsqueda de reconocimiento, el deseo de ser exaltados por nuestros logros o habilidades. Es una gloria vacía y pasajera, que no tiene fundamento en la verdad ni en el amor. Dios nos llama a desechar esta actitud y a vivir con un corazón humilde, buscando siempre glorificarle a Él y no a nosotros mismos.

¿Qué es la Vanagloria?

La vanagloria es un orgullo disfrazado, un deseo de aparentar más de lo que realmente somos. Mientras que el mundo nos empuja a buscar aplausos y reconocimiento, el Evangelio nos enseña el valor de la humildad y el servicio desinteresado.

Jesús nos dio un claro ejemplo de esto cuando dijo en Mateo 6:1: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”. La vanagloria busca la aprobación de las personas, mientras que el verdadero servicio busca agradar a Dios.

Humildad: El Camino del Amor Verdadero

La humildad es la clave para evitar caer en la trampa de la vanagloria. Vivir en humildad no significa pensar menos de nosotros mismos, sino pensar menos en nosotros mismos. Es reconocer que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios y usarlo para bendecir a los demás.

Pablo nos exhorta en Romanos 12:3: “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura”. Cuando nos vemos a nosotros mismos a la luz de la gracia de Dios, nos damos cuenta de que no tenemos nada de qué jactarnos. Todo es por su misericordia.

Siguiendo el Ejemplo de Cristo

El mejor ejemplo de humildad y ausencia de vanagloria es nuestro Señor Jesucristo. En el mismo capítulo de Filipenses 2, Pablo describe cómo Jesús, siendo Dios, no se aferró a su divinidad, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:5-8).

Jesús no buscó su propia gloria, sino que vivió para hacer la voluntad del Padre. Cada uno de sus actos fue una demostración de amor desinteresado, de humildad y de entrega total. Si deseamos seguir sus pasos, debemos aprender a vivir con ese mismo corazón humilde.

Cómo Evitar la Vanagloria

  1. Examina tus motivaciones: Antes de actuar, pregúntate por qué lo haces. ¿Es para glorificar a Dios o para recibir el reconocimiento de los demás? La honestidad contigo mismo te ayudará a corregir tus intenciones.

  2. Practica la gratitud: Reconoce que todo lo bueno en tu vida proviene de Dios. La gratitud destruye el orgullo y te mantiene enfocado en la fuente de todas las bendiciones.

  3. Sirve a los demás de manera desinteresada: Busca oportunidades para ayudar sin esperar nada a cambio. Hazlo en secreto cuando sea posible, confiando en que Dios ve lo que está en lo oculto (Mateo 6:4).

  4. Imita a Cristo: Haz de Jesús tu modelo de vida. Busca reflejar su carácter en cada área de tu vida, especialmente en la manera en que amas y sirves a los demás.

Una Vida llena de Humildad y Amor

Cuando dejamos de buscar nuestra propia gloria y aprendemos a vivir en humildad, nuestras vidas comienzan a reflejar el amor y la gracia de Dios de manera poderosa. El mundo no necesita más personas que busquen ser admiradas; necesita más personas que sirvan con un corazón genuino, poniendo a los demás por encima de sí mismas.

El Señor nos promete en Santiago 4:10: “Humillaos delante del Señor, y Él os exaltará”. No busquemos la gloria humana, sino la aprobación de nuestro Padre celestial. Vivamos para su gloria, sabiendo que Él nos recompensa en su tiempo perfecto y de la manera más hermosa.

♥ Conclusión ♥ 

“No hagáis nada por vanagloria” es un llamado a dejar el orgullo y abrazar una vida de servicio y amor. Cuando nuestras acciones están motivadas por el deseo de glorificar a Dios y de bendecir a los demás, experimentamos una paz y una plenitud que nada en este mundo puede ofrecer.

Que cada día podamos orar como el salmista: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria” (Salmos 115:1). Vivamos para glorificar su nombre, reflejando la humildad y el amor de Cristo en todo lo que hacemos. ¡A Él sea la gloria por siempre! Amén.


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jueves, 6 de febrero de 2025

El amor no es jactancioso

La humildad como esencia del verdadero amor

En 1 Corintios 13:4, el apóstol Pablo nos da una descripción profunda del amor verdadero: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no tiene envidia. El amor no es jactancioso, no se envanece”. Cada una de estas cualidades refleja el carácter de Cristo y nos enseña cómo debemos amar a los demás. Hoy nos enfocaremos en la afirmación: el amor no es jactancioso.

La jactancia, o alardear de nuestros logros y virtudes, es una manifestación de orgullo. Es querer sobresalir por encima de los demás, buscando reconocimiento y admiración. Sin embargo, el amor genuino no busca gloria personal; no se enorgullece ni se exalta a sí mismo. En lugar de ello, el verdadero amor se viste de humildad, poniendo el bienestar del otro por encima del propio interés.

¿Qué significa no ser Jactancioso?

La jactancia es una actitud centrada en el “yo”: mis logros, mis talentos, mis bendiciones. Quien se jacta busca la aprobación de los demás, pero el amor genuino no necesita alardear. El amor fluye de un corazón que se goza en dar, en servir y en edificar a los otros sin buscar recompensas ni aplausos.

Jesús nos dio el mayor ejemplo de este amor humilde. A pesar de ser el Hijo de Dios, no vino a la tierra para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Nunca hizo alarde de su divinidad ni buscó reconocimiento humano, sino que vivió en completa obediencia y humildad.

La Jactancia y el Orgullo: Obstáculos para el Amor Verdadero

El orgullo y la jactancia son barreras que impiden que el amor verdadero florezca. La jactancia nos lleva a compararnos con los demás, buscando ser mejores o más importantes. Pero el amor, tal como lo describe Pablo, no busca competir, sino construir.

En Proverbios 16:18 leemos: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”. La jactancia nos aparta del propósito de Dios y nos hace olvidar que todo lo que tenemos viene de Él. Como creyentes, debemos recordar siempre que somos lo que somos por la gracia de Dios (1 Corintios 15:10).

Amor Humilde, Amor Verdadero

El amor que no es jactancioso se expresa en humildad y gratitud. Reconoce que todo don perfecto proviene de lo alto (Santiago 1:17) y que cada bendición que tenemos es un regalo inmerecido de Dios. Cuando dejamos a un lado la jactancia, nuestro corazón se abre para amar de manera genuina y desinteresada.

Pablo nos exhorta en Filipenses 2:3-4: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Este es el amor que agrada a Dios: un amor que se deleita en honrar a los demás y en servir con un corazón puro.

¿Cómo Vivir un Amor Libre de Jactancia?

  1. Reconoce la fuente de tus bendiciones: Recuerda que todo lo que tienes, desde tus talentos hasta tus logros, proviene de Dios. La gratitud es el antídoto contra la jactancia.

  2. Sé rápido para escuchar y lento para hablar de ti mismo: Aprende a interesarte genuinamente por los demás y celebra sus logros sin necesidad de destacar los tuyos.

  3. Busca edificar, no impresionar: El propósito del amor es edificar, animar y fortalecer a quienes nos rodean. En lugar de buscar reconocimiento, busca maneras de bendecir a los demás en secreto.

  4. Imita a Jesús: Vive con el mismo corazón humilde y servicial que tuvo Cristo. Él es nuestro mayor ejemplo de amor desinteresado y verdadero.

♥ Conclusión ♥ 

El amor que no es jactancioso es un amor humilde, lleno de gracia y centrado en el bienestar del otro. Nos invita a dejar a un lado el orgullo y la vanagloria para abrazar una vida de servicio, gratitud y amor genuino.

Que cada día busquemos vivir este amor, siguiendo el ejemplo de Jesús, para que nuestras vidas sean un reflejo de su gracia y su amor infinito. Como dice Miqueas 6:8: “Hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. 


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