“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.”Salmos 40:1
Hay esperas que cansan el corazón. Esperamos una respuesta, una puerta que se abra, una preocupación que desaparezca o una situación que finalmente cambie. Y cuando los días pasan sin que veamos movimiento, podemos sentir que nuestras oraciones se pierden en el silencio.
David conocía esa experiencia. Por eso sus palabras no hablan de una espera cómoda, sino de una espera paciente: una confianza que permanece aun cuando todavía no tiene todas las respuestas. Esperar en Dios no significa quedarse de brazos cruzados ni negar el dolor; significa decidir que, mientras caminamos por un tiempo incierto, no soltaremos la mano de Aquel en quien hemos puesto nuestra esperanza.
Hay una frase hermosa en este versículo: “se inclinó a mí”. El Dios eterno, grande y poderoso, se inclina para escuchar el clamor de uno de sus hijos. No está demasiado ocupado para atender tu voz ni demasiado lejos para comprender aquello que te preocupa. Tal vez no responda según nuestro calendario, pero el silencio de un momento nunca debe confundirse con indiferencia.
A veces, mientras esperamos que Dios cambie nuestras circunstancias, Él también está trabajando silenciosamente en nuestro interior. La espera puede enseñarnos paciencia, fortalecer nuestra fe y ayudarnos a descubrir que nuestra seguridad no depende únicamente de que todo salga como esperamos. Como una raíz que crece debajo de la tierra antes de que aparezcan las ramas, hay obras de Dios que primero suceden en lo profundo.
David dice: “oyó mi clamor”. No afirma que Dios escuchó solamente una oración perfectamente formulada, sino un clamor. Dios recibe también nuestras palabras sencillas, nuestras lágrimas y esos momentos en los que apenas sabemos qué decir. Puedes acercarte a Él tal como estás. No necesitas esconder tu cansancio para tener fe.
Hijo, no permitas que la demora te convenza de que Dios te ha olvidado. Hay cosas que no puedes apresurar, del mismo modo que no puedes obligar al amanecer a llegar antes de su hora. Pero mientras esperas, puedes seguir viviendo con fidelidad: orar, hacer lo correcto, cuidar tu corazón y dar el siguiente paso que esté delante de ti.
No cargues hoy con todos los días que todavía no han llegado. Preséntale a Dios lo que te preocupa y aprende a caminar un día a la vez. La paciencia no consiste en no sentir inquietud; consiste en llevar esa inquietud al lugar correcto una y otra vez.
Y recuerda algo importante: esperar en Dios no es esperar en el vacío. Es esperar en Aquel que escucha. Aunque hoy no comprendas el camino completo, tu clamor no ha pasado desapercibido. El Señor conoce tu nombre, tu lucha y aquello que guardas en silencio. Sigue acercándote a Él. A su debido tiempo, comprenderás quizá que, incluso en la espera, nunca caminaste solo.
Oración
Señor, enséñame a esperar en Ti con un corazón confiado. Cuando me canse y no comprenda tus tiempos, recuérdame que Tú escuchas mi clamor y que nunca eres indiferente a mis necesidades. Dame paciencia para caminar cada día y fe para seguir confiando en tu amor. Amén.
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